“Sin la fe…”

“Sin la fe…”

Lucas 17, 1-6 

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: Es inevitable que sucedan escándalos; pero ¡ay del que los provoca! Al que escandaliza a uno de estos pequeños, más le valdría que le encajaran en el cuello una piedra de molino y lo arrojasen al mar. Tened cuidado. Si tu hermano te ofende, repréndelo; si se arrepiente, perdónalo; si te ofende siete veces en un día, y siete veces vuelve a decirte: «lo siento» , lo perdonarás. Los apóstoles le pidieron al Señor: Auméntanos la fe. El Señor contestó: Si tuvierais fe como un granito de mostaza, diríais a ese árbol: «Arráncate de raíz y plántate en el mar» , y os obedecería. 

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Pareciese que la fe es una opción a elegir o descartar en cualquier momento, y que depende del estado de ánimo o necesidad urgente que nos acontezca, por lo que se desconocen todos aquellos dones que complementa en nuestra vida.

Sin la fe, es muy probable que caigas en la desesperanza ante todo lo que acontece, la tristeza deja de ser pasajera para echar raíces hasta enfermar a la persona en depresión; la confianza se ve mermada y se manifiesta dudosa en toda relación personal, y ante tal cuadro la caridad es imposible de realizarse, tornando a la persona en un egocentrismo del que parece imposible salir sin ayuda ajena y ante la cual se le rechaza.

Sin la fe, es muy probable que no puedas perdonar, porque el dolor invade profundamente los miedos y las debilidades de las que adolecemos, las cuales sin la virtud se refuerzan negativamente.

Sin la fe, utilizamos el recurso del escándalo, porque no tenemos la paz necesaria para manejar las situaciones que nos rebasan, por ello hacemos los problemas más grandes e involucramos a los demás, ya que solos nos es imposible arreglarlos.

Sin la fe, no podemos abrirnos al Don del Espíritu Santo que ilumina nuestras vidas y nos hace comprender la profundidad de su palabra.

Por ello, sin la fe, desatamos como vida ordinaria un infierno al que llamamos vida personal y privada, que deseamos imponer a los demás. Conviene tener un poquito de fe, porque con ella, nada se te traba, a tal grado como dice el evangelio de pedir a un árbol que se arranque de raíz y que se plante en el mar, parece absurdo pero hasta allá puede llegar.

“Insistencia”

“Insistencia”

Lucas 11, 5-13

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Si alguno de vosotros tiene un amigo y viene a medianoche para decirle: “Amigo, préstame tres panes, pues uno de mis amigos ha venido de viaje y no tengo nada que ofrecerle”. Y, desde dentro, el otro le responde: “No me molestes; la puerta está cerrada; mis niños y yo estamos acostados: no puedo levantarme para dártelos”. Si el otro insiste llamando, yo os digo que, si no se levanta y se los da por ser amigo suyo, al menos por la importunidad se levantará y le dará cuanto necesite. Pues así os digo a vosotros: Pedid y se os dará, buscad y hallaréis, llamad y se os abrirá; porque quien pide, recibe, quien busca, halla, y al que llama, se le abre. ¿Qué padre entre vosotros, cuando el hijo le pide pan, le dará una piedra? ¿O si le pide un pez, le dará una serpiente? ¿O si le pide un huevo, le dará un escorpión? Si vosotros, pues, que sois malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¿cuánto más vuestro Padre celestial dará el Espíritu Santo a los que se lo piden?.

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Es un común conocimiento el que Dios siempre está al pendiente de nosotros en todos los aspectos de la vida, así mismo atiende todas las necesidades de los que nos llamamos sus hijos y, aunque no está específicamente para ello, sin embargo las atiende.

Y es que Dios tiene tan grandes proyectos y expectativas sobre cada uno de nosotros, que procura insistentemente el momento en que nosotros deseemos desarrollarlas a su lado, pero a veces, a lo más que llegamos es a pedirle corrija situaciones cuando éstas nos golpean. 

Sin embargo Dios está para apoyarte en todo, ya sabemos que te sientes independiente y autónomo, y a lo mejor al momento crees poderlo todo de manera personal, pero inclusive en la abundancia y estabilidad de vida, Dios también está para con la mayor sabiduría e inteligencia apoyarte desde lo más mínimo hasta la mayor proyección de tus planes laborales y personales.

Por ello se nos recuerda, que en todo momento no hay que dejar de orar, no hay que dejar de pedir, no dejar de dar gracias, no dejar a Dios de lado, porque cuando lo alejamos de nuestras vidas, alguien más ocupará su lugar y ese alguien lo busca desesperadamente para poseerte a ti y tus bienes, no físicamente, pero si en tu pensar actuar y en el trato con los tuyos.

Sí, parece no ser escuchados, pero insistir, una y otra vez, porque la insistencia remarca el trato cercano con Dios, la purificación y la paciencia. Todo llega a su tiempo, no cuando quieres, sino cuando en realidad lo necesitas. Pero no dejes de insistir, así sea en el peor dolor sin ánimos para hacerlo, porque todo es escuchado, pero a su vez, a veces el Señor lo que espera es que te dispongas Tú a escuchar. Insistencia de parte nuestra y a su vez reconoce la insistencia de Dios que quiere hablarte, escúchalo.

“¿Quién dice que somos dignos?”

“¿Quién dice que somos dignos?”

Lucas: 7, 1-10

En aquel tiempo, cuando Jesús terminó de hablar a la gente, entró en Cafarnaúm. Había allí un oficial romano, que tenía enfermo y a punto de morir a un criado muy querido. Cuando le dijeron que Jesús estaba en la ciudad, le envió a algunos de los ancianos de los judíos para rogarle que viniera a curar a su criado. Ellos, al acercarse a Jesús, le rogaban encarecidamente, diciendo: “Merece que le concedas ese favor, pues quiere a nuestro pueblo y hasta nos ha construido una sinagoga”. Jesús se puso en marcha con ellos.

Cuando ya estaba cerca de la casa, el oficial romano envió unos amigos a decirle: “Señor, no te molestes, porque yo no soy digno de que tú entres en mi casa; por eso ni siquiera me atreví a ir personalmente a verte. Basta con que digas una sola palabra y mi criado quedará sano. Porque yo, aunque soy un subalterno, tengo soldados bajo mis órdenes y le digo a uno: ‘¡ve!, y va; a otro: ¡Ven!’, y viene; y a mi criado: ¡Haz esto!’, y lo hace”.

Al oír esto, Jesús quedó lleno de admiración, y volviéndose hacia la gente que lo seguía, dijo: “Yo les aseguro que ni en Israel he hallado una fe tan grande”. Los enviados regresaron a la casa y encontraron al criado perfectamente sano.

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Es todo un problema cuando de religión se trata para caber en el esquema del populacho  y toda la gente que se inventa normas y leyes falsas, llenas de rencor y odio para limitar a los demás, sin embargo hay que tener muy en cuenta que la opinión de los demás no importa, sobre todo cuando estás trabajando en ser mejor, porque no necesitas la aprobación de los demás, sino de la de Dios que entiende mejor que nadie por el proceso de dolor que estás pasando.

Cada quien pone su tarifa según su medida que pueden dar, pero eso no importa. Jamás. La verdad es la que cuenta y no la verdad falsa de los demás. Todos somos dignos en el esquema de Dios, pero la humanidad es tan limitada y recurrente, que no sabe perdonar.

Pero si los mandas a volar, el que importa es el Señor, quien te da todos los dones para seguir adelante, lo que los demás no te dan por su egoísmo es relativo, ya que el Señor nos confirma que en realidad en su amor todos somos dignos, indistintamente del error que profesamos.

A veces nosotros somos loa que nos sentimos indignos en nuestra ignorancia, pero el perdón de Dios es imperante, y eso no no se cuestiona, así que déjate amar, entiende el amor y vive amado como tal, ya que al mundo no le vamos a dar gusto en su inestabilidad, lo que hoy le agrada, en su enfermedad mental, al rato, dentro de veinte minutos ya no. 

Pon tu meta en agradar al Señor Jesús. y que el mundo ruede. Porque al final lo que importa es la verdad, y no lo que el mundo opine según quede bien y le convenga, porque eso no es verdad con lo que permanece hasta la eternidad. El otro no te hace digno. Dios es quien te hace digno a pesar de tus limitaciones y aún así te acepta. no te retires de Él. 

“Todos cuentan”

“Todos cuentan”

Mateo: 19,13-15

En aquel tiempo, le presentaron unos niños a Jesús para que les impusiera las manos y orase por ellos. Los discípulos regañaron a la gente; pero Jesús les dijo: “Dejen a los niños y no les impidan que se acerquen a mí, porque de los que son como ellos es el Reino de los cielos”. Después les impuso las manos y continuó su camino.

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Es ya casi una norma social que en ciertos lugares de viviendas se pongan limitaciones acerca de lo niños, en donde por igual suelen solicitar que no se tengan ni habiten ahí, porque provocan la pérdida de la paz del pseudo sacro recinto.

Lo mismo pasa en ciertos eventos sociales y celebraciones familiares, se especifica en la recepción “no niños”, porque no son bienvenidos, cuando sí es viable de vez en cuando se pueda disfrutar de un sano esparcimiento sin la responsabilidad de los mismos.

En otros lugares ciertamente es conveniente por la restricción de las edades, ya que lo que presenciarán no es apto para menores, aunque en realidad a veces tampoco es apto aún para los mayores. Aquí habría que cuestionar la calidad del evento y lo sano del mismo.

Sería un absurdo que en la Iglesia pase lo mismo, donde se pida que a los niños no los lleven al templo por juguetones o por chillones, eso sería inaceptable, porque precisamente será donde se sembrará el conocimiento y el amor a Dios, además de lo que ya hace la propia familia, el resto se afirma y complementa en la iglesia.

Es fundamental y básico dentro del desarrollo de los pequeños fundamentar la misma confianza en Dios, que es la etapa de vida en donde se asienta ese vínculo tanto con la familia como con Dios, pero si los hacemos de menos, cuando no son tomados en cuenta, crecen con la impresión de que no son importantes ni dignos de ello, ni tampoco será importante acudir al lugar del encuentro con el Señor.

Es por ello que para Jesús todos cuentan, nadie queda excluido y menos los niños, ya que serán los futuros cristianos que darán luz en medio de un mundo cada vez más en tinieblas, porque si los excluyes, ya se habrán perdido en medio de su propia sombra y oscuridad. No lo olvides, si para ti no cuentan, para Dios sí.

“La Transfiguración del Señor”

“La Transfiguración del Señor”

Marcos 9, 2-10

En aquel tiempo, Jesús se llevó a Pedro, a Santiago y a Juan, subió con ellos solos a una montaña alta, y se transfiguró delante de ellos. Sus vestidos se volvieron de un blanco deslumbrador, como no puede dejarlos ningún batanero del mundo.

Se les aparecieron Elías y Moisés, conversando con Jesús. Entonces Pedro tomó la palabra y le dijo a Jesús: –«Maestro, ¡qué bien se está aquí! Vamos a hacer tres tiendas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías».

Estaban asustados, y no sabía lo que decía.

Se formó una nube que los cubrió, y salió una voz de la nube: –«Éste es mi Hijo amado; escuchadlo».

De pronto, al mirar alrededor, no vieron a nadie más que a Jesús, solo con ellos.

Cuando bajaban de la montaña, Jesús les mandó: –«No contéis a nadie lo que habéis visto, hasta que el Hijo del hombre resucite de entre los muertos».

Esto se les quedó grabado, y discutían qué querría decir aquello de «resucitar de entre los muertos».

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Dentro de la acción maravillosa de Dios, además de su inmensa y poderosa intercesión, nos encontramos con un aspecto que parece hemos olvidado y ese es el trato personal, a veces creemos que Dios obra multitudinariamente, pensando que hemos sido olvidados y que tan sólo mediante nuestra búsqueda de lo divino es como obtendremos nuevamente su atención. Por supuesto eso es una concepción falsa gregaria pero adoptada de manera personal.

Olvidamos la acción personal de Dios en cada una de nuestras vidas, dejamos de paso las oportunas intercesiones asimilándolas tan sólo como mera oportunidad o suerte, por lo que las hacemos parecer como si no importara. Es que estamos tan llenos de necesidad de atención, que no dudamos en hacer alarde de lo que públicamente se ve como un milagro espectacular en nuestras vidas, utilizándolo como el gancho para ser el centro de atención.

La obra de Dios necesita un poco más de madurez en nuestras vidas, no creas que todo lo que el Señor realiza en ti es para proclamarlo a los cuatro vientos, eso ya es vanidad, sino que es un regalo tan preciado y privado que puede hacernos crecer a nosotros en lo personal, además si lo proclamas te aseguro que nadie mas que tú lo entenderá, porque es para ti, los demás tratarán de entenderlo pero a su muy propia manera de pensar e impregnada de sus situaciones circunstanciales que les adolecen.

Ese milagro o mensaje no es para ellos, es para ti y tan sólo para ti, ya tendrás la oportunidad de dar testimonio del mismo con tu propia vida y los hechos que a partir de ello podrás realizar, eso es lo que en realidad los hará comprender tu situación y la acción de Dios, entonces será más digerible porque los hechos hablarán por sí mismos.

Es por ello que Jesús remarca no contarlo a nadie, como diciendo, todo a su tiempo, es mayor el testimonio de vida que las propias palabras en nuestro caso, por ello en su momento, no se lo cuentes a nadie y disfruta de la acción de Dios en tu vida.

“Sin espectáculo”

“Sin espectáculo”

Mateo 12, 14-21

En aquel tiempo, los fariseos, al salir, planearon el modo de acabar con Jesús. Pero Jesús se enteró, se marchó de allí y muchos le siguieron. El los curó a todos, mandándoles que no lo descubrieran. Así se cumplió lo que dijo el profeta Isaías: «Mirad a mi siervo, mi elegido, mi amado, mi predilecto. Sobre él he puesto mi espíritu para que anuncie el derecho a las naciones. No porfiará, no gritará, no voceará por las calles. La caña cascada no la quebrará, el pábilo vacilante no lo apagará, hasta implantar el derecho; en su nombre esperarán las naciones».

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Dentro de la compleja psicología humana encontramos dos vertientes antagónicas entre si sobre la importancia que se la da a la persona o a cada uno en lo particular, y estas van desde llamar la atención con fanfarrias y alfombra roja, hasta los que no quiene. Ni que el aire se entere de que por ahí estamos presentes.

Claro, esto depende la autoestima que tengamos cada uno sobre nosotros mismos, pero los extremos siempre son repugnantes puesto que exageran cada situación rayando en lo ridículo, aunque lo más común es nativa mente querer ser tomado en cuenta, merecedores de la atención necesaria y digna del buen trato humano. 

Sin embargo, en su momento Jesús, consciente de su dignidad, busca la normal atención para acercarnos e integrarnos en el reino de los cielos, como el plan de su Padre lo tiene asignado, más el resto de su misión, como el mismo Profeta Isaías lo dice, será sumamente discreto, silente, sin mayor aspaviento que el que hagan escandalosamente los que lo tienen en sus manos durante su Pasión dolorosa.

A veces esperamos esa presencia de Dios aparatosa y a veces escandalosa que llama la atención, pero eso lo deseamos para ensalzar nuestras vidas, puro chantaje, la,obra de Dios no te hace publicidad ni de santidad, ni de milagriento, mucho menos de buena gente, eso ya es un egoísmo empapado de vanidad hasta las cachas, y más los y las que le añaden el toque mágico de sentirse víctimas y mártires.

Quienes más hablan y dan testimonio de la presencia de Dios y su obra, son precisamente los que el silencio habla por ellos, mas fuerte y agudamente que toda la campaña de la coca cola, porque el, amor con que hacen sus obras ordinarias habla mas que las palabras.

“Para ser grande…”

“Para ser grande…”

Mateo 5, 17-19

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «No creáis que he venido a abolir la ley o los profetas: no he venido a abolir, sino a dar plenitud. Os aseguro que antes pasarán el cielo y la tierra que deje de cumplirse hasta la última letra o tilde de la ley. El que se salte uno solo de los preceptos menos importantes, y se lo enseñe así a los hombres, será el menos importante en el Reino de los Cielos. Pero quien los cumpla y enseñe será grande en el Reino de los Cielos».

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Durante todos los tiempos y en todas las culturas encontramos proyectos ambiciosos y por ende personas ambiciosas que desean a toda costa sobresalir, sino es por sí mismos,  lo es por medio de los sistemas circunstanciales que viven en sus tiempos, podríamos enumerar a muchos que les conocemos la fama, pero esos en este momento no serán el centro de nuestra atención.

Además la supuesta grandeza que propone la sociedad en el mundo y a lo que mas llega es a la fama, Cristo propone una nueva manera de crecer y ser grande, para llegar no tan sólo a los límites de la fama, sino hasta la vida eterna, con una fama inextinguible y eterna.

Grandeza que radica en la toma en cuenta de los detalles más insignificantes, como lo es pedir corregir alguna mala acción a quien la comete, para mejorar y sembrar valores; así mismo como demostrarlo con nuestra amabilidad y buen trato respetuoso y caritativo, ante este mundo que en todo busca ventajas y sobre todo ser ventajosos.

La mayor grandeza radica en la caridad, y aún más en aquella que ralla en la santidad, porque su acción no será viral, como esas tonterías absurdas que circulan en los medios y las redes, pero si no es viral lo bueno, es porque la ineptitud es viral del otro extremo de la red, que son los que la hacen disque importante.

No hay de otra, para ser grande permanentemente, hay que cumplir la ley y enseñarla con el testimonio, la enseñanza y la caridad, la otra fama, llega sola y sin publicidad.

“Autoridad”

“Autoridad”

Marcos 11, 27-33

En aquel tiempo, Jesús y los discípulos volvieron a Jerusalén, y, mientras paseaba por el templo, se le acercaron los sumos sacerdotes, los letrados y los senadores, y le preguntaron: –¿Con qué autoridad haces esto? ¿Quién te ha dado semejante autoridad?

Jesús les replicó: –Os voy a hacer una pregunta y, si me contestáis, os diré con qué autoridad hago esto. El bautismo de Juan ¿era cosa de Dios o de los hombres? Contestadme.

Se pusieron a deliberar: –Si decimos que es de Dios, dirá: «¿Y por qué no le habéis creído?» Pero como digamos que es de los hombres… (Temían a la gente, porque todo el mundo estaba convencido de que Juan era un profeta.)

Y respondieron a Jesús: –No sabemos.

Jesús les replicó: –Pues tampoco yo os digo con qué autoridad hago esto.

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Uno de los principios que debemos entender de base, es que precisamente la autoridad no depende de tu aceptación o negación personal, aunque la denigremos o le faltemos al respeto, la autoridad cuando es otorgada, vale en sí misma y no depende de la aprobación de los demás.

En nuestros días está muy de moda el negar todo tipo de autoridad y relegarla a mucho menos que una igualdad social, porque no se le ve en un contexto igualitario de dignidad, sino como un objeto al cual hay que denigrar por debajo del estándar que a estas alturas dudo que se tenga.

No depende de nuestra inferioridad el que la neguemos, al contrario, es un don que precisamente viene de Dios el cual debe de ser respetado como tal y en su momento una guía de crecimiento a seguir, ya que si no lo haces, entonces quien se denigra es tu propia persona al no ser capaz de reconocer y mucho menos ganarte la más mínima autoridad, y si no respetas nada ni nadie, por ende estás gritando a los cuatro vientos que no eres una persona digna de que tampoco sea respetada.

Jesus no permite que denigren su autoridad, la defiende, al igual nosotros si no lo hacemos estaremos rebajándola como la de los demás que la niegan. Además la autoridad habla sola con los hechos de cada momento, es por ello que hay que ganársela y a su vez cuidarla, ya que sin ella, a nada se le dará valor.

“Todos cuentan”

“Todos cuentan”

Marcos 10, 13-16

En aquel tiempo, la gente le llevó a Jesús unos niños para que los tocara, pero los discípulos trataban de impedirlo. Al ver aquello, Jesús se disgustó y les dijo: “Dejen que los niños se acerquen a mí y no se lo impidan, porque el Reino de Dios es de los que son como ellos. Les aseguro que el que no reciba el Reino de Dios como un niño, no entrará en él”. Después tomó en brazos a los niños y los bendijo imponiéndoles las manos. 

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Es ya casi una norma social que en ciertos lugares de viviendas se pongan limitaciones acerca de lo niños, en donde por igual suelen solicitar que no se tengan ni habiten ahí, porque provocan la pérdida de la paz del pseudo sacro recinto.

Lo mismo pasa en ciertos eventos sociales y celebraciones familiares, se especifica en la recepción “no niños”, porque no son bienvenidos, cuando sí es viable de vez en cuando se pueda disfrutar de un sano esparcimiento sin la responsabilidad de los mismos.

En otros lugares ciertamente es conveniente por la restricción de las edades, ya que lo que presenciarán no es apto para menores, aunque en realidad a veces tampoco es apto aún para los mayores. Aquí habría que cuestionar la calidad del evento y lo sano del mismo.

Sería un absurdo que en la Iglesia pase lo mismo, donde se pida que a los niños no los lleven al templo por juguetones o por chillones, eso sería inaceptable, porque precisamente será donde se sembrará el conocimiento y el amor a Dios, además de lo que ya hace la propia familia, el resto se afirma y complementa en la iglesia.

Es fundamental y básico dentro del desarrollo de los pequeños fundamentar la misma confianza en Dios, que es la etapa de vida en donde se asienta ese vínculo tanto con la familia como con Dios, pero si los hacemos de menos, cuando no son tomados en cuenta, crecen con la impresión de que no son importantes ni dignos de ello, ni tampoco será importante acudir al lugar del encuentro con el Señor.

Es por ello que para Jesús todos cuentan, nadie queda excluido y menos los niños, ya que serán los futuros cristianos que darán luz en medio de un mundo cada vez más en tinieblas, porque si los excluyes, ya se habrán perdido en medio de su propia sombra y oscuridad. No lo olvides, si para ti no cuentan, para Dios sí.

“Procede de Dios”

“Procede de Dios”

Juan 6, 44-51

En aquel tiempo, dijo Jesús a la gente: –«Nadie puede venir a mí, si no lo atrae el Padre que me ha enviado.

Y yo lo resucitaré el último día.

Está escrito en los profetas: «Serán todos discípulos de Dios».

Todo el que escucha lo que dice el Padre y aprende viene a mí.

No es que nadie haya visto al Padre, a no ser el que procede de Dios: ése ha visto al Padre.

Os lo aseguro: el que cree tiene vida eterna.

Yo soy el pan de la vida. Vuestros padres comieron en el desierto el maná y murieron: éste es el pan que baja del cielo, para que el hombre coma de él y no muera.

Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre.

Y el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo».

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Las cosas tienen un camino de vida lógico y comprensible, asimilable en nuestro esquema de pensamiento, que no porque algo entendamos, pensemos que lo conocemos todo. Hay cosas que tienen su consecuencia necesaria, y todo lo que hacemos lleva a algún fin o intención.

Estas acciones en nuestra vida las podemos inclusive programar como una meta a llegar, como puede ser comprar un auto, ir a un viaje, planear los estudios, entre otras mil, desde la menor hasta la mayor escala según nuestras posibilidades. 

Mas sin embargo podríamos decir que todas ellas son en su mayoría generadas o proceden de nuestra dedicación y trabajo, son muy nuestras, con la diferencia que de igual manera tienen una caducidad y pasan.

Sin embargo, el Señor Jesús nos comparte algo que ciertamente no es algo que sea muy nuestro, pero que sí es para nosotros, y es que sabiéndonos capaces de hacer y deshacer lo que se nos ocurra, pues entonces nos regala un complemento en el ámbito espiritual que no es ajeno a nosotros.

Nos invita a alimentarnos del Pan de vida eterna, aquél que no podemos nosotros fabricar aunque los frutos de la tierra nos den para ello, porque no procede de nosotros, procede de Dios, aquel que solamente Él es capaz de dar porque de nadie mas puede emanar, aquel que se nos da hoy en día en la Eucaristía, y del que el sacerdote, como instrumento de la gracia de Dios, lo hace no en nombre propio, ni de su propio poder porque no lo tiene, sino en nombre de Jesucristo, quien hace presente su cuerpo y su sangre sacramentada en el mismo altar, como un milagro que se renueva día a día.

Hay que alimentarnos de eso que sólo Dios da, del Pan de Vida, porque es para ti y porque complementa perfectamente tu vida y la eleva al rango divino, a hacernos uno con Él sin perder ni su individualidad ni la nuestra.