“Oración sencilla y potente”

Lucas 11,1-4


Un día, Jesús estaba orando y cuando terminó, uno de sus discípulos le dijo: “Señor, enséñanos a orar, como Juan enseñó a sus discípulos”. Entonces Jesús les dijo: “Cuando oren, digan: Padre, santificado sea tu nombre, venga tu Reino, danos hoy nuestro pan de cada día y perdona nuestras ofensas, puesto que también nosotros perdonamos a todo aquel que nos ofende, y no nos dejes caer en tentación”. 

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No cabe duda que la oración siempre tiene un efecto real y positivo, aunque cueste, como si fuera un absurdo, porque se habla al aire sin sentido, cuando en realidad cobra todo el sentido posible de quien la hace.

Orar es importante, porque hay que entrar en contacto con el Creador, aquel que requiere una correspondencia al ser tomado en cuenta en medio de nuestra saturada materialidad, donde nos importa tan sólo lo que sentimos y palpamos físicamente.

Por ello el Señor, no a querido imponernos un rezo largo e incomprensible, sino uno lleno de amor, de confianza y sencillo que nos haga conscientes de lo que es importante para nosotros y para Dios.

Un rezo común que habla de una relación personal, que conecta y que abre las puertas a la gracia, es el Padre Nuestro, por lo que se nos invita a rezarlo con devoción, porque es la misma Palabra de vida dada por el Señor Jesús y que nos es participada.

No dejes de orar, ya que la misma oración te transforma en un ser lleno de gracia y más cuando te dispones con los sacramentos a ello.

“Sanación particular, no selectiva”

“Sanación particular, no selectiva”

Lucas 4, 38-44

En aquel tiempo, al salir Jesús de la sinagoga, entró en casa de Simón. La suegra de Simón estaba con fiebre muy alta y le pidieron que hiciera algo por ella. El, de pie a su lado, increpó a la fiebre, y se le pasó; ella, levantándose enseguida, se puso a servirles. Al ponerse el sol, los que tenían enfermos con el mal que fuera, se los llevaban; y él, poniendo las manos sobre cada uno, los iba curando. De muchos de ellos salían también demonios, que gritaban: —Tú eres el Hijo de Dios.

Los increpaba y no les dejaba hablar, porque sabían que él era el Mesías. Al hacerse de día, salió a un lugar solitario. La gente lo andaba buscando; dieron con él e intentaban retenerlo para que no se les fuese. Pero él les dijo: —También a los otros pueblos tengo que anunciarles el reino de Dios, para eso me han enviado.

Y predicaba en las sinagogas de Judea.

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En esta ocasión nos encontramos con el relato de la curación de la suegra de Simón, Pedro dónde en la misma familia le piden que haga algo por ella ya que tenía la fiebre muy alta, no revela qué enfermedad concreta tenía, pero en aquella época ese síntoma por el avance de la medicina de su tiempo podría revelar mil enfermedades en su momento letales, ya que no se contaban con los medios que actualmente disponemos para diagnosticar, ni los medicamentos para aplicar. Una fiebre era de tenerle miedo, porque podría derivar en la muerte.

A su vez podríamos pensar que Jesús por el hecho de que esa mujer era pariente de Simón, la atendió de una manera preferencial y exclusiva, de una manera muy particular, hecho que debemos de ubicar en el mismo contexto en el que se da, porque de suyo Jesús iba en la misión de predicar el Reino y no de visita exclusiva, aunque afirma que lo hicieron saliendo de la sinagoga.

De hecho esa curación sí es muy particular, porque cada una de las personas que se le acercan posteriormente con fe para ser sanadas en esa misma ocasión, no lo hacen en masa ni en grupos multitudinarios, sino que atendió a cada uno, como remarca el evangelio: “Y Él, poniendo las manos sobre cada uno, los iba curando.” es decir muy en particular, pero aquí si hay que remarcar que la atención personal no significa selectiva y para algunos cuantos solamente.

A veces pensamos que tan sólo a algunos Dios les hace el milagro de curarlos sin importar que tan grave sea su enfermedad; nos sentimos pecadores, no merecedores de su gracia, auto excluidos del derecho a su amor, a su gracia y al milagro. Llegamos a creer que Dios debería de obrar indistintamente aún sin pedírselo e inclusive sin amarlo ni seguirlo.

Aquí es donde radica el detalle, precisamente lo único que solicita el Señor para obrar, es un poco de fe, un poco de conciencia religiosa, un poco de compromiso que le de seguridad y le confirme que la persona desea ser sanada y no solamente curada para seguir dándole vuelo a la vida desordenadamente. El mínimo de fe es requisito, si no se tiene, se pide y mientras se pide se da el milagro que solicitas, porque ya habrás entrado en el proceso de la sanación de alma y claro, la que se solicita, la del cuerpo.

“A una sola voz”

A una sola voz”

Mateo: 6, 7-15

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “Cuando ustedes hagan oración no hablen mucho, como los paganos, que se imaginan que a fuerza de mucho hablar, serán escuchados. No los imiten, porque el Padre sabe lo que les hace falta, antes de que se lo pidan. Ustedes pues, oren así:

Padre nuestro, que estás en el cielo, santificado sea tu nombre, venga tu Reino, hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo.

Danos hoy nuestro pan de cada día, perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden; no nos dejes caer en tentación y líbranos del mal. Si ustedes perdonan las faltas a los hombres, también a ustedes los perdonará el Padre celestial. Pero si ustedes no perdonan a los hombres, tampoco el Padre les perdonará a ustedes sus faltas”.

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En el mundo existen tan vastas maneras de orar cuantas lenguas y personas existen, ya que cada quien se expresa de manera única al clamar a Dios a su propia y única manera personal, que es muy valida y original. 

Hay quienes creen que no saben orar porque no se saben de memoria algunos rezos ya previamente establecidos como ayuda con la debida licencia oficial y eclesiástica, cuando la manera más directa es tu dialogo directo con Dios.

Más sin embargo existen oraciones que proclamamos en un lenguaje común, donde nos unimos en un mismo espíritu, con una misma intención y a una sola voz, para elevar nuestra alma agradecida al Señor o de súplica, según sea la intención, manifestando nuestra unión en un solo decir y en un solo Dios.

Unidad que asemeja la misma unidad trinitaria en medio de la diversidad de tres personas distintas y una comunidad que aunque distinta en sus integrantes, nos hacemos uno solo, como será en la gloria futura y la eternidad.

No deja de ser una probadita de su gloria cuando el gozo nos invade, por esa unión que se hace en el aclamar a Dios junto con la comunidad a una sola voz por medio del Padre Nuestro y al alimentarnos a su vez de la Sagrada Eucaristía, en una común unión, con el Pan de Vida eterna. Por ello, ora en común y únete a la comunidad de los que amamos y esperamos en Dios.

“Brillar o ensombrecer”

“Brillar o ensombrecer”

Mateo: 5, 13-16

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “Ustedes son la sal de la tierra. Si la sal se vuelve insípida, ¿con qué se le devolverá el sabor? Ya no sirve para nada y se tira a la calle para que la pise la gente.

Ustedes son la luz del mundo. No se puede ocultar una ciudad construida en lo alto de un monte; y cuando se enciende una vela, no se esconde debajo de una olla, sino que se pone sobre un candelero para que alumbre a todos los de la casa.

Que de igual manera brille la luz de ustedes ante los hombres, para que viendo las buenas obras que ustedes hacen, den gloria a su Padre, que está en los cielos”. 

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Cientos de veces se escucha por todos lados y más ahora que se tiene acceso por medio de las redes sociales, el constante quejarse de la situación tan negativa que se vive en el mundo, el denunciar y exponer todo cuanto no va acorde a nuestro sentir y pensar, y alimentarse de tan sólo lo que alimenta morbosamente la mente para tener de qué dialogar, en cierta manera esparciendo por sus propios y personales medios, un veneno sutil y voraz que pretende arrancar cuanta paz posea una persona.

Habrá quien llame a eso activismo, remarcando y echando en cara que al mundo no le importa cuanto sufrimiento y situación negativa existe y, no es porque no le importe al resto del mundo, sino que no se tiene la necesidad de remarcar o enfatizar cuanto yace en el mal, porque el tan sólo hecho de evidenciarlo, se le está dando una difusión que no la merece, cuando en realidad necesitamos escuchar más que nada cosas buenas y alentarlas.

Aquí es donde nos enfrascamos en esas oscuridades que hacemos extensivas, donde las tinieblas se expanden sin necesidad ni derecho, ensombreciendo aún más a quien está luchando contra sus propias oscuridades.

Por el contrario, hay que medir nuestra vida por cuánto brillamos, y no por lo contrario, por la verdad que vivimos y mediante un simple acto de testimonio callado, iluminar y dejarnos iluminar por quien nos participa de su luz, de su gracia, de su amor y bondad.

Por ello la pregunta: ¿En todo lo que hacemos, brillamos o ensombrecemos a los demás?

“Cercanos para comprender”

“Cercanos para comprender”

Marcos: 12, 18-27

En aquel tiempo, fueron a ver a Jesús algunos de los saduceos, los cuales afirman que los muertos no resucitan, y le dijeron: “Maestro, Moisés nos dejó escrito que si un hombre muere dejando a su viuda sin hijos, que la tome por mujer el hermano del que murió, para darle descendencia a su hermano. Había una vez siete hermanos, el primero de los cuales se casó y murió sin dejar hijos. El segundo se casó con la viuda y murió también, sin dejar hijos; lo mismo el tercero. Los siete se casaron con ella y ninguno de ellos dejó descendencia. Por último, después de todos, murió también la mujer. El día de la resurrección, cuando resuciten de entre los muertos, ¿de cuál de los siete será mujer? Porque fue mujer de los siete”.

Jesús les contestó: “Están en un error, porque no entienden las Escrituras ni el poder de Dios. Pues cuando resuciten de entre los muertos, ni los hombres tendrán mujer ni las mujeres marido, sino que serán como los ángeles del cielo. Y en cuanto al hecho de que los muertos resucitan, ¿acaso no han leído en el libro de Moisés aquel pasaje de la zarza, en que Dios le dijo: Yo soy el Dios de Abraham, el Dios de Isaac, el Dios de Jacob? Dios no es Dios de muertos, sino de vivos. Están, pues, muy equivocados”.

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Los preceptos divinos, suelen ser muy claros, sencillos y de fácil asimilación, presuponiendo que se está en el contexto de la cercanía con el Señor. Pero aún estando cerca de Él, si no se mantiene vivo el depósito de la fe en la verdad, puede irse desvirtuando con el tiempo aún interpretado por los mismo líderes religiosos.

Es un compromiso y una tarea mantener integro dicho depósito de la fe, ya sea en el cuidado de las Sagradas escrituras, para que no se le cambie el sentido y la interpretación autentica y original, así como las sanas y vivas tradiciones que nos van llegando de generación en generación.

Por un lado, aunque la religión mantenga la autenticidad en la doctrina, la misma gente va haciendo sus versiones populares sin fundamento y se sostienen entre aquellos que no profundizan en el conocimiento de Dios y su Palabra, quedándose cómodamente en el concepto populachero, afirmándolo como si fuera el original.

Por ello Jesús quien conoce la verdad en sí misma, da a conocer que esos conceptos reinterpretados son erróneos, y a veces hace falta acercarse a la verdad y a Dios, autor de la misma para entenderlo en toda su plenitud por obra de su Santo Espíritu.

Pero si no somos capaces de acercarnos y disponer nuestra alma a que Dios nos otorgue su ciencia y sabiduría, mucho menos entenderemos a ciencia cierta sus preceptos, en medio de un maravilloso plan concebido en su amor, y por ende mucho menos se asimilará el concepto popular que está digerido sin razón y basado en sentimentalismos.

“Atacar con los miedos”

“Atacar con los miedos”

Mateo: 3, 22-30

En aquel tiempo, los escribas que habían venido de Jerusalén, decían acerca de Jesús: “Este hombre está poseído por Satanás, príncipe de los demonios, y por eso los echa fuera”.

Jesús llamó entonces a los escribas y les dijo en parábolas: “¿Cómo puede Satanás expulsar a Satanás? Porque si un reino está dividido en bandos opuestos no puede subsistir. Una familia dividida tampoco puede subsistir. De la misma manera, si Satanás se rebela contra sí mismo y se divide, no podrá subsistir, pues ha llegado su fin. Nadie puede entrar en la casa de un hombre fuerte y llevarse sus cosas, si primero no lo ata. Sólo así podrá saquear la casa.

Yo les aseguro que a los hombres se les perdonarán todos sus pecados y todas sus blasfemias. Pero el que blasfeme contra el Espíritu Santo nunca tendrá perdón; será reo de un pecado eterno”. Jesús dijo esto, porque lo acusaban de estar poseído por un espíritu inmundo.

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Nada nuevo resulta en este mundo cuando una persona ataca a otra sembrando sus miedos en los demás, como si el otro fuera el mismo mal quien amenaza, para crear un ambiente de psicosis y temor grupal, y así salir como redentores y solucionadores del mismo problema que siembran.

El inconveniente resulta en este caso, en que no se están dando cuenta de la magnitud del problema que están acarreando, así como del que están dejando, porque en medio de su ignorancia y necedad, directamente están blasfemando en contra de los más sagrado que es el Espíritu Santo que obra en todo y en Jesús como autor de sus obras.

Hasta allá llegan los miedos y sus consecuencias directas, las herramientas más comunes para obtener sus malos deseos y afirmar sus negativos juicios son la mentira, la difamación, el escándalo, la maldición, la envidia, el celo; herramientas que no vienen precisamente de Dios, y que inclusive a quienes hablan de Dios, como en este caso son los mismos escribas, no los excluye el pecado, ya que se vuelven contra lo que predican.

Fortaleza de espíritu, oración, vida de gracia, es lo que necesitamos para que nuestros miedos no nos hagan atacar inclusive al mismo bien.

“Fiat”

“Fiat”

Lucas 1, 26-38 

A los seis meses, el ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea llamada Nazaret, a una virgen desposada con un hombre llamado José, de la estirpe de David; la virgen se llamaba María. El ángel, entrando en su presencia, dijo: —«Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo.» Ella se turbó ante estas palabras y se preguntaba qué saludo era aquél. El ángel le dijo: —«No temas, María, porque has encontrado gracia ante Dios. Concebirás en tu vientre y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús. Será grande, se llamará Hijo del Altísimo, el Señor Dios le dará el trono de David, su padre, reinará sobre la casa de Jacob para siempre, y su reino no tendrá fin.» Y María dijo al ángel: —«¿Cómo será eso, pues no conozco a varón?» El ángel le contestó: -«El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y la fuerza del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el Santo que va a nacer se llamará Hijo de Dios. ahí tienes a tu pariente Isabel, que, a pesar de su vejez, ha concebido un hijo, y ya está de seis meses la que llamaban estéril, porque para Dios nada hay imposible.» María contestó: —«Aquí está la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra.» Y la dejó el ángel. 

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Es preciso remarcar que el inicio del cumplimiento de las promesas mesiánicas dependen de la aceptación de un “fiat” es decir, un “hágase” en latín, palabra que complementa una petición de permiso y aceptación, que se da tan plenamente en el momento de la Anunciación, donde el Angel Gabriel pide el consentimiento de María Virgen para aceptar ser partícipe y colaboradora del plan de la redención, al permitir dejar que Dios se revista de nuestra humana materialidad y nuestra carne en Jesús.

Momento único que cambió la completa historia conocida hasta el momento, aquella que estaba dominada por las consecuencias del pecado original, donde se inicia un proceso  de salvación en el tiempo, dándonos una solución llevadera a nuestro propio ritmo de vida.

Hay que considerar que ese fíat fue preparado y argumentado a su tiempo. Actualmente en la tradición bíblica, San Lucas nos narra de una manera sintética dicho encuentro entre el Arcángel Gabriel y María, me atrevo a considerar que las palabras dadas textualmente ante la incógnita de María son un resumen de la explicación sobre el proceso que acontecerá si es que accede dar un Sí, ya que María consciente de a lo que se le está invitando con toda la calma del mundo pregunta para entender a detalle en lo que se está comprometiendo y arriesgando por lo que el diálogo original ha de haber sido más profundo y extenso.

Una vez aclarado y entendido el asunto da un Sí, un Fiat, un hágase, con pleno conocimiento de causa, afirmación cooperativa que incluye en su persona a la humanidad entera sin excluir a nadie, donde se da de igual manera la salvación de manera encarnada y real a nuestro ritmo de vida. Por ello hay que estar agradecidos por ese hágase que nos devolvió la gracia aquella que por Eva se había perdido.

“Son pocos los que quieren salvarse…”

“Son pocos los que quieren salvarse…”

Lucas 13, 22-30 

En aquel tiempo, Jesús, de camino hacia Jerusalén, recorría ciudades y aldeas enseñando. Uno le preguntó: Señor, ¿serán pocos los que se salven? Jesús les dijo: Esforzaos en entrar por la puerta estrecha. Os digo que muchos intentarán entrar y no podrán. Cuando el amo de la casa se levante y cierre la puerta, os quedaréis fuera y llamaréis a la puerta diciendo. «Señor, ábrenos» y él os replicará: «No sé quiénes sois». Entonces comenzaréis a decir: «Hemos comido y bebido contigo y tú has enseñado en nuestras plazas». Pero él os replicará: «No sé quiénes sois. Alejaos de mí, malvados». Entonces será el llanto y el rechinar de dientes, cuando veáis a Abrahán, Isaac y Jacob y a todos los profetas en el Reino de Dios y vosotros os veáis echados fuera. Y vendrán de Oriente y Occidente, del Norte y del Sur y se sentarán a la mesa en el Reino de Dios. Mirad: hay últimos que serán primeros y primeros que serán últimos.

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Dentro de la concepción de la salvación eterna se percibe un cierto aire de exclusividad, como si llegar a la eternidad fuera para tan sólo unos cuantos, como si Dios lo hiciera muy difícil, de hecho la pregunta del evangelio “¿serán pocos los que se salven?” va impregnada de una idea de selectividad divina.

Cambiar ese tipo de mentalidad, junto con aquella que posiciona a Dios como un salvador a mi gusto y medida, con derecho al cielo aunque mis obras no lo ameritan y exigiendo la bondad del todo poderoso, que por cierto es aún mayor de lo que pensamos, pero que se gana; cambiar esa concepción depende del trato y conocimiento directo de Dios.

De hecho en realidad lo que pretende inculcar el Señor Jesús, es hacer conciencia de que la salvación no depende tan sólo de Dios, ciertamente es el autor innato y dispuesto a que estemos plenamente en su presencia por toda la eternidad, pero remarcando que los que deseen estar con Él son los que buscarán el camino de retorno a la casa del Padre por medio de su Hijo Jesucristo.

Le verdad revelada afirma que no son pocos los que se salvan, ya que todos son invitados sin exclusión alguna, más bien, la realidad confirma que son muchos los que no quieren regresar a la casa del Padre, no quieren su salvación, ni su gracia, ni su amor, y su vida tal como la llevan afirma sin palabras pero a gritos que no desean nada con Dios.

Por ello me atrevo a afirmar que la salvación no es una ruleta a la que juega Dios, sino una elección donde son pocos los que eligen salvarse, ya que la puerta y el camino están dispuestos, pero depende de nosotros tomarlo.

“Extirpar de raíz”

“Extirpar de raíz”

Marcos: 9, 41-50

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “Todo aquel que les dé a beber un vaso de agua por el hecho de que son de Cristo, les aseguro que no se quedará sin recompensa.
Al que sea ocasión de pecado para esta gente sencilla que cree en mí, más le valdría que le pusieran al cuello una de esas enormes piedras de molino y lo arrojaran al mar.

Si tu mano te es ocasión de pecado, córtatela; pues más te vale entrar manco en la vida eterna, que ir con tus dos manos al lugar de castigo, al fuego que no se apaga. Y si tu pie te es ocasión de pecado, córtatelo; pues más te vale entrar cojo en la vida eterna, que con tus dos pies ser arrojado al lugar de castigo. Y si tu ojo te es ocasión de pecado, sácatelo; pues más te vale entrar tuerto en el Reino de Dios, que ser arrojado con tus dos ojos al lugar de castigo, donde el gusano no muere y el fuego no se apaga.

Todos serán salados con fuego. La sal es cosa buena; pero si pierde su sabor, ¿con qué se lo volverán a dar? Tengan sal en ustedes y tengan paz los unos con los otros”.

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Ciertamente el evangelio es radical y cero tolerancia en todo lo que se refiere al pecado y lo que nos hace perder la gracia de Dios, más no es radicalista, es decir, que exija de manera tajante y extrema sus preceptos, sino que por el contrario van a sanar de manera generosa y definitiva toda dolencia de alma y cuerpo.

Habrá que ver lo textual de las palabras de Jesús cuando hace mención a amputar partes del cuerpo con las que se puede pecar. Aquí lo que hay que entender de tajo, es que de suyo cualquier extremidad u órgano corporal, no es pecaminoso en sí mismo, no se refiere a extirpar un miembro como si fuera el mal y origen del mismo.

De hecho cada parte de nuestro cuerpo no deja de ser un instrumento con el cual podemos auxiliarnos para realizar nuestras labores; aquí el problema radica en que precisamente no se utilizan para el bien que fueron destinadas, y de eso se encarga nuestra mente, que puede desviar el uso y desuso, así como convertirlo en abuso de cada parte de nuestro cuerpo.

Es por ello, que a lo que se refiere Jesús, no es a mutilar nuestro cuerpo, sino a extirpar de raíz aquello que genera el mal uso de nuestro ser, porque de igual manera podemos hacer mucho bien con el mismo. La referencia el clara: “si te es ocasión de pecado”, entonces la ocasión es la que hay que erradicar y no las partes de nuestro cuerpo con las que podemos santificarnos. 

Extirpar de raíz el mal, los pensamientos negativos, tóxicos y obsesivos, es la solución más sana para no volver a mal utilizar lo que el Creador nos ha regalado.

“Los que están a nuestro favor”

“Los que están a nuestro favor”

Marcos 9, 38-40

En aquel tiempo, dijo Juan a Jesús: —Maestro, hemos visto a uno que echaba demonios en tu nombre, y se lo hemos querido impedir, porque no es de los nuestros.

Jesús respondió: —No se lo impidáis, porque uno que hace milagros en mi nombre no puede luego hablar mal de mí. El que no está contra nosotros está a favor nuestro.

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Cuando en la vida nos vamos desenvolviendo con soltura y poco a poco vamos definiendo tanto nuestros gustos, amistades y necesidades, nos unimos a círculos afines a nuestro pensar y actuar, dígase en la escuela, en la zona que vives y hasta en la propia familia; de alguna manera todos somos selectivos y hasta exclusivistas.

No tiene nada de raro el que busquemos naturalmente las simpatías con las que congeniamos, es una tendencia natural que al final la hacemos racional y aceptamos como una elección aprendida. 

Pero eso no significa que el resto de la humanidad tenga que estar a nuestro favor, no tienen qué pensar como yo ni actuar y razonar a nuestra manera. Cuando somos inmaduros esto lo canalizamos como rechazo e incomprensión, haciéndonos los mártires relegados de la sociedad, que es una manera eficaz de llamar la atención.

En realidad la base de nuestra ideología debe estar fundamentada en la verdad y de ahí partir para que todo lo que se desprenda de ella brille con su propia autenticidad. Una vez que estemos del lado de la verdad en sí misma, no intentaremos imponernos porque será un punto de convergencia, háblese de religiones o de asuntos políticos ya que a veces la confundimos con ideologías o filosofías que defienden lo que llaman “su verdad” particular, que no es la verdad en sí misma.

Aquí debemos de no buscar que nos den por nuestro lado, sino a aquellos que están no sólo en favor de una ideología, sino de la verdad en sí misma. Esos son los que están a nuestro favor, digo si es que nosotros estamos en la verdad. Y si hay otros que la proclaman, tener en claro que no es de uso exclusivo porque al final estarán del lado de aquél que es la verdad, Dios.

Por ello no esperes que estén a tu favor, aunque tengas toda la razón, no permitas que los que no quieren vivir la autenticidad y la valentía del amor de Dios, la bifurcarán para sus propios y egoístas propósitos, tu no te canses de vivirla y proclamarla, ya en el camino encontrarás aquellos que sin proclamarlo estarán a nuestro favor.